¿Cómo pasó Abarán de ser un pueblo «feo y mísero» de 2.000 habitantes a convertirse en una potencia exportadora de 8.000 almas en apenas tres décadas? Esta es la pregunta que hila la fascinante conferencia de Alfredo Jiménez, titulada «Teatro Cervantes 1926-2026: Memoria y obra civil en el primer tercio del siglo XX», celebrada recientemente en el marco del Cervantenario
En una exposición cargada de datos inéditos y nostalgia, Jiménez, abaranero de cuna y experto en desarrollo local, nos invita a un viaje en el tiempo para entender los cimientos de la identidad actual de nuestro pueblo
El relato comienza con una cruda descripción de finales del siglo XIX: un Abarán sin asfaltar, sin agua corriente y propenso al aislamiento cada vez que caían «cuatro gotas”. Sin embargo, el dinamismo de los exportadores locales, que viajaban al norte de España y Europa, trajo consigo no solo capital, sino el conocimiento para transformar la villa
Explosión demográfica: El pleno empleo gracias a la fruta, el esparto y la madera atrajo a trabajadores de toda la comarca, cuadruplicando la población.
Iniciativa privada al servicio público: Ante la debilidad de las arcas municipales, fueron los propios empresarios quienes adelantaron el dinero para el alumbrado eléctrico (1905), el alcantarillado y las carreteras que rompieron el aislamiento con Cieza y la Estación de Blanca.
El Teatro Cervantes: Una joya de hierro y pasión
El corazón de la charla es, por supuesto, nuestro Teatro Cervantes. Jiménez revela detalles fascinantes sobre su construcción «exprés» en solo seis meses por una empresa de Cieza, utilizando una estructura de hierro forjado que fue vanguardia en la provincia en 1926.
El teatro no nació de una subvención, sino de la visión de 20 empresarios que apostaron por la cultura para emular lo que veían en sus viajes de negocios. Desde los ecos de la zarzuela La Calesera en su inauguración hasta las noches de cuplé con Adelita Lulú, el Cervantes ha sido el «alimento para el espíritu» de generaciones de abaraneros.
La conferencia no solo mira al pasado; también pone en valor la gestión que permitió que el teatro sea hoy propiedad autonómica, salvándolo del posible olvido o demolición que sufrieron otras joyas arquitectónicas locales.
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