Cuaresma de ceniza y de muñecos

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En estos tiempos de relajación y búsqueda de la diversión, la palabra “cuaresma” tiene mala prensa, pues es un término que suena a penitencia, a renuncia, a sacrificio…y esos son conceptos que no están muy de acuerdo con la dinámica actual de vida de las personas y de los pueblos que nos llevan por los caminos de la comodidad y el hedonismo.

La palabra cuaresma viene del latín “quadragésima”, es decir, cuarenta días antes de la Pascua. Su duración fue variable en los primeros tiempos de la Iglesia, pero ya en el siglo IV se fijó en cuarenta días, que comienzan el Miércoles de Ceniza y acaban cuando comienzan los oficios de Jueves Santo.

El comienzo con la ceniza ya es un símbolo de esa conversión a que nos llama la Iglesia. La ceniza no es una sustancia mágica o sanadora sino un recordatorio de que somos polvo y en polvo hemos de convertirnos. Junto a la ceniza son bastantes los signos con los que la Iglesia simboliza este tiempo como el color morado de los ornamentos, aunque algunos ya han desaparecido como el cubrir con un paño las imágenes de los templos para descubrirlas en el momento de la resurrección.

Es, por tanto, la cuaresma un tiempo de sacrificio y renuncia y, precisamente por ello, el conseguir llegar a la mitad de ella era motivo de alivio y ello se expresaba en algunos sitios con la exposición de muñecos en las calles. Y esta original y antigua costumbre es nuestro pueblo uno de los pocos que la mantienen y que forma parte de su identidad, y es por ello por lo que estamos obligados no solo a mantenerla sino a potenciarla.

Ahora que estamos en tiempos de reivindicar lo nuestro y también de intentar atraer el turismo por este rincón del valle, no podemos desaprovechar la potencialidad que puede tener esta sencilla tradición, pues, si conseguimos que el pueblo se salpique de estos muñecos, que las calles sean una original muestra de colores y de ingenio, alargando esta fiesta (que es el jueves tras el tercer domingo de cuaresma) a todo el fin de semana, acompañándola con otras actividades paralelas (concursos, cartel anunciador, día de la caña y tapa, pasacalles musicales…), ya sería una buena “excusa” para darle vida al pueblo. Y es que hay que darle a la imaginación e ir buscando “excusas” para hacer, primero, que los abaraneros salgamos a la calle y además, cuando la fiesta se desarrolle y potencie, que venga gente de fuera, como ya ocurre, por ejemplo en Alhama donde hacen en mayo algo parecido que ha sido declarado de Interés Turístico Regional.

Además, es algo barato, pues si se consigue la implicación de barrios, asociaciones y de colegios (en algunos ya se está moviendo la idea), el coste para las arcas municipales sería muy poco. Puesto en conocimiento este proyecto de la autoridad competente, creo que no debe caer en saco roto y a esta idea se pueden unir otras que den vitalidad al pueblo algunos fines de semana, como han conseguido hacer en el pueblo vecino (floración, feria outlet, feria automóvil, feria de la ciencia, moros y cristianos….).

Continuando en su empeño de conservar nuestras tradiciones, el pasado año el colegio Juan XXIII, en esta ocasión de la mano de dos abuelas muy abaraneras, Carmen y Maria Luisa, enseñaron a sus alumnos, cómo se visten los «muñecos que parten la Cuaresma».

Aún quedan veinte días para preparar esta fiesta, para que estos muñecos se cuelguen en los balcones (este año el 19 de marzo) y ojalá que en este 2020 se dé un primer paso para conseguir que estos muñecos sean un atractivo más que se añada a los muchos que tenemos pero a los que no sacamos todo el provecho que deberíamos. Para ello hace falta primero que abandonemos esta actitud de desánimo y derrotismo ante la situación de nuestro pueblo, y adoptemos un espíritu ilusionado y optimista que nos haga sentir la alegría, la satisfacción y el orgullo, el sano orgullo de ser de Abarán.

JOSE S. CARRASCO MOLINA
CRONISTA OFICIAL DE LA VILLA