Historia al natural en la Sierra de la Pila abaranera

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El Parque Regional de la Sierra de la Pila es el destino propuesto. El objetivo, pasear la historia por la cara norte de su sector occidental; uno de los dos en los que el Barranco de los Mulos divide esta unidad montañosa protegida por su biodiversidad. Pisamos una joya natural poco conocida, que extiende sus dominios por cinco municipios y cuatro comarcas, y que, pese a su apariencia árida, esconde una abundante variedad de vida. Artículo publicado en La Verdad.

Animados por las asociaciones Caramucel y La Carrahíla y para conocer su proyecto ‘Legado Vivo’, decidimos partir desde el abrevadero de las Pocicas para adentrarnos por territorios agroganaderos hasta el escondite del bandolero Jaime ‘El Barbudo’. Eso sí, sin salir del término municipal de Abarán.

Por la autovía de Albacete (A-30), primero, y por la del Altiplano (A-33), después, llegarán a la carretera que les conduce al desvío hacia el descansadero de las Pocicas, una pista de tierra que encontrarán a su izquierda (entre el restaurante Casablanca y el puente que salva el barranco). Incluido en la red de vías pecuarias, según el acta de deslinde de 1907, ‘Legado Vivo’ ha retirado la tierra acumulada en el abrevadero y borrado las huellas del abandono para devolverle parte de su utilidad.

Surtido por el agua de las pozas naturales de este barranco, los más de 12.000 m2 de terreno público han reconfortado durante siglos a pastores y ganados, pero también a animales silvestres y vecinos de la zona.

Pasear junto a esta infraestructura, que hoy se alimenta de una tubería para garantizar refugio permanente a la fauna y refresco al ganado, permite descubrir los restos de una chimenea metálica. Es parte de un alambique en el que los vecinos destilaban aceites esenciales de romero y tomillo en los años 70.

De vuelta por la pista en la que aparcaron, cojan la carretera para desandar parte de lo recorrido en coche hasta una señalización del Parque Regional de la Sierra de la Pila, que encontrarán a su izquierda. Está justo frente a un cortijo abandonado que se conoce como la Casa de la Escuela.

Pista de tierra arriba, junto a la caseta de un antiguo aljibe, caminarán entre cultivos de almendro, esparto, romero y algo de tomillo. Un poco más arriba, una rala pinada se intercala con olivos. No dejen la pista principal, aunque le saldrán un par de desvíos más estrechos, a la izquierda, que se internan en los cultivos.

De camino hacia la Cueva de la Excomunión, pasarán junto a la arqueta de un aljibe que el voluntariado de Caramucel y La Carrahíla ha adecuado para favorecer a la fauna y, en especial, a los anfibios, a los que han construido rampas que evitan que mueran ahogados. «En 2015 y mirando La Pila, no nos podíamos imaginar que fuera tan importante para los anfibios». Este terreno aparentemente seco les ocultaba 60 puntos de agua temporales y permanentes (los hasta ahora localizados), entre charcas, albercas y calderones, fundamentales para la reproducción de estos animales.

Junto a un cartel que informa sobre las cinco especies de anfibios localizadas (sapo común, sapo corredor, sapo partero, sapillo moteado y rana común), deben coger la pista que va por su izquierda. Vamos siguiendo el Cordel de las Pocicas, una vía pecuaria que los pastores recorrían para ir de Jumilla a Fortuna recortando su recorrido para agostadas e invernadas.

La pista se interna en un bosque cada vez más frondoso, que pronto contará con tres senderos de pequeño recorrido (PR) señalizados, y el itinerario gana en inclinación. Junto a una curva cerrada y señalizada con mojones de piedras, deben tomar un sendero que sale a su izquierda. Arriba, oculto entre la vegetación, se vislumbra el cortado rocoso junto al que se encuentra la Cueva de la Excomunión. Una cavidad de unos 40 metros de profundidad y una enorme boca que hasta tiempos recientes ha sido refugio de ganado y, en el siglo XIX, guarida del bandolero crevillentino Jaime ‘El Barbudo’ (1783-1824), ajusticiado, ahorcado y después frito en Murcia, y sus secuaces.

Tras unos 500 metros por el serpenteante y empinado sendero, llegarán a este importante abrigo que también está ligado a pobladores del Calcolítico, una comunidad que vivía de la caza y la recolección, pero que ya hacía los primeros ensayos de agricultura, de cuya ocupación han dado pruebas las herramientas de industria lítica en sílex halladas en una primera cata.

Cuenta José Sáez Calvo, miembro de La Carrahíla, que, en sus investigaciones para localizar los caminos antiguos de la zona, los documentos recogían el nombre de la cueva, al tiempo que se encontraron, a 6 km. y en la zona de La Raja, topónimos referidos a las andanzas de este crevillentino, de nombre Jaime José Cayetano Alfonso Juan, como el Paso de Jaime, y asegura que la tradición oral sobre el que es una figura legendaria en el Sureste español sigue muy viva.

En este rincón espectacular, desde el que se observa el Altiplano y su Sierra del Carche, creó el Manifiesto de la Pila (mayo, 1820), en el que pedía el indulto para él y su cuadrilla. Un perdón que no logró pese a haber luchado contra los franceses y haber pasado a la vida clandestina tras matar de un trabucazo a otro bandolero, El Zurdo, cuando era guarda de las fincas del alcalde de Catral y pese a que actuó para defender estas tierras.

Disfruten del espectáculo natural que les ofrece este rincón privilegiado, bajo el que discurre el Barranco de las Pocicas, usado más profusamente desde el siglo XIV por el ganado (con la incorporación a las dehesas del Concejo de Murcia del término de Fortuna) para atravesar la montaña y llegar al Mojón de las 4 Caras (vértice en el que se encuentran cuatro de los cinco municipios con titularidad sobre esta sierra) de camino a los pastos fortuneros.

Cuando hayan disfrutado del refrescante cobijo que da esta cueva con tanta historia a sus espaldas, solo tienen que regresar por el camino por el que llegaron y tener presente que la riqueza de estas tierras, que aún permanece, atrajo y dio sustento al hombre desde la prehistoria. Y también que, advierte Sáez Calvo, quizá pronto conozcamos los datos de otra cueva cercana en la que La Carrahíla descubrió pinturas rupestres en 2005 y que investiga un equipo liderado por Joaquín Lomba. Un patrimonio natural, cultural y etnográfico que hay que cuidar con mimo para que siga estando ahí para las generaciones venideras.