Pedro Peinado, el profesor que plantaba números y enseñaba matemáticas con tomates

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El diario nacional ‘El MUNDO‘ recoge hoy en sus páginas un amplio reportaje sobre el proyecto del abaranero Pedro Peinado, quien recientemente ha recibido un premio del Ministerio de Educación por su proyecto ‘Plantando números’.

Un proyecto para aprender matemáticas en un huerto con alumnos complicados logra mejorar un 30% los resultados académicos y acabar con la conflictividad y el absentismo
“A este tipo de chicos lo único que les devolvemos son números: ‘Toma un cuatro y medio’, pero no la confianza en sí mismos”.

Si la historia de Pedro Peinado la hubiese conocido un productor de Hollywood espabilado, le habría hecho una película a medio camino entre el Sidney Poitier de Rebelión en las aulas y el Robin Williams de El club de los poetas muertos. Es cierto que no se vería esa tensión de puños crispados que vive el primero en la periferia de Londres. Es verdad que no se habría rodado una escena como la de los chicos subiéndose a los pupitres para despedir al segundo.

Pero al productor de Hollywood -si fuese espabilado- le habría dado juego todo lo demás.

Imaginen a un profesor de Matemáticas que empieza a dar clases en un instituto de pueblo a una quincena de chavales a los que nadie quiere y en los que nadie confía; que en ese furgón de cola viajan chicos con problemas de conducta, alguno con trastorno disruptivo, alguna con enfermedad nerviosa, jóvenes que arrastran varios cursos repetidos, se fuman todas las clases, hace tiempo que tiraron la toalla y, por cierto, jamás aprobaron las matemáticas.

Imaginen que ese profesor decide probar con un método pedagógico nuevo, a modo de desfibrilador, porque o interviene ya mismo o el paciente se le queda tieso. Y -no busquen la metáfora- se los lleva al huerto. Tal cual.Plantan berenjenas, pimientos, calabacines y pepinos. Van tomando datos del crecimiento de las plantas, del grosor, de la temperatura, del agua utilizada… De tal modo que a medida que engorda la cosecha van aprendiendo geometría, estadística y las funciones.

Lo que ocurre en las siguientes escenas es digno de un buen final. Los chicos de la ESO que nadie quería logran aumentar las notas un 30% y todos mejoran su autoestima, el 80% sigue estudiando hoy y varios han empezado a trabajar.«En aquella clase era como si estuviésemos en un pozo y él te echara una cuerda», cuenta María Ángeles Romero, ex-alumna, 19 años y auxiliar de enfermería. «La cuerda se rompía y él te la volvía a echar. Se volvía a romper y él volvía a hacer lo mismo. Lloviera o nevara, él estaba allí para echarte la cuerda… Al final sabías que, aunque te desollaras la manos, él te iba a sacar». El profesor -que no es el Sidney Poitier de Rebelión en las aulas ni el Robin Williams de El club de los poetas muertos- sólo es natural de Murcia.

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El pueblo se llama Las Torres de Cotillas. El instituto es el Salvador Sandoval. Pedro Peinado, nuestro protagonista -ahora sí-, dice: «Cuando abres una puerta, se te abren mil caminos… Innovar no sólo es integrar metodología; también es integrar personas».

Logaritmos y terremotos

La experiencia educativa no sólo ha servido para forjar ligazones inesperadas, sino que también ha despertado el interés del mundo académico más allá de Murcia.

El proyecto Plantando Números -así fue bautizado- acaba de recibir uno de los Premios Francisco Giner de los Ríos a la Mejora de la Calidad Educativa, concedidos por el Ministerio de Educación y la Fundación BBVA.

Con la lupa puesta en este profe que antes fue alumno frustrado, estudió dos cursos de Exactas, se pasó a Económicas, fue padre de un hijo, aprobó las oposiciones a docente en 2010, llegó al instituto con su huerto y las matemáticas, explica los logaritmos a través de los terremotos y hoy prepara una tesis doctoral sobre chicos con dificultades de aprendizaje.

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«De niño era un alumno frustrado, me ponía nervioso que la clase sólo consistiera en hablar y hablar, yo necesitaba acción. Por eso abogo por el método de clase invertida, que consiste en que tú les grabas la clase, ellos la ven en casa y el aula sólo se utiliza para resolver dudas y hacer ejercicios juntos», señala. «Plantando Números nace en 2014 como una alternativa a la pizarra para unos alumnos a los que la pizarra no les daba soluciones. Se trata de utilizar el huerto como fuente de datos y escenario de aprendizaje de las matemáticas. Un par de días recogíamos datos de las plantas y el resto lo pasábamos frente al ordenador analizando las cifras».

Los chicos que hacían novillos en todas las clases empezaron a no perderse las matemáticas de Pedro.

Los chicos que se aburrían como ostras con la asignatura dejaron de bostezar.

Los chicos abocados a ser arrancados como matas se ponían a sembrar.

Los chicos que «empezaron el curso con miedo», de repente lo perdían.

«Venían del absentismo escolar. Había que arriesgar con ellos. Yo les animaba a equivocarse. Salir a exponer y confundirse sin miedo. Cuando empezaron a equivocarse, empezaron a aprender… Yo les hablaba de la indefensión aprendida: cuando a alguien le dices que no puede, al final no puede. Pero cuando le dices que puede, que él sí que puede, acaba pudiendo».

Se comían lo que plantaban. Tomaban el sol. Probaban y calculaban. Y el túnel de lavado del proyecto les cambió. «Recuerdo a una chica que no sabía hacer nada al principio de curso. Con una enfermedad jodida. No se quería nada. No quería hablar en público. Nada. Terminó con nueves y dieces. Yo soy muy cursi, eh, pero me acuerdo de haber llorado el día de la presentación de su trabajo… Con qué dignidad lo defendía».

La geometría del agua

La clase debía ser más horizontal que vertical, había que hacer cosas juntos, mancharse y mojarse. Por ejemplo, para aprender las funciones medían longitudinalmente las plantas. Para aprender geometría, trabajaban con los perímetros del terreno y los volúmenes, el agua y la tierra. Para desbrozar la estadística, valían los datos de la temperatura.

A sus 15 años, Alejandro Arnaldos era el típico gallo de corral. Inmaduro, chuleta, contestón, hasta que llegaron a aquella clase y el profesor les dijo: «Nos vamos fuera».

«En otras asignaturas era entrar y copiar, estudiar y examinarte; entrar y copiar, estudiar y examinarte… Así siempre», cuenta Alejandro. «Perdí el entusiasmo por aprender. Como yo, llegamos todos muy perdidos… Pero poco a poco vimos que aquello era distinto. Te levantaba la moral. Fue un espectáculo. Hay profesores que te cambian la vida, lo creo desde que entré en su clase… Ahora acabo de terminar un grado medio de Soldadura y Calderería. Mi madre me lo dice siempre: ‘Gracias a ese profesor, estás donde estás ahora mismo’. Y es verdad, ¿dónde iba a estar yo si no…?».

Sonia Casanova nunca lo tuvo fácil y vive con sus abuelos desde pequeña. Todo le daba lo mismo. La clásica malota del insti. Las primeras semanas fueron tan enconadas que tuvo que acabar pidiéndole perdón a Pedro varias veces.

«Para empezar, creía en nosotros más que nosotros mismos. A mí me llamó mucho la atención que estuviera encima mío…», señala Sonia. «De su clase de Matemáticas en el huerto salías queriéndote más, pensando que no eras lo peor… Si no es por él, yo no hubiese seguido estudiando. ¡Por fin entendí las ecuaciones! ¡Y hasta se las explicaba a los demás!».

Ahora acaba de terminar sus estudios relacionados con la enfermería, trabaja de dependienta en una tienda de ropa, va a la biblioteca con sus libros y quiere hacer un grado superior de prótesis dental en septiembre.

Y luego están los que se han puesto a estudiar un ciclo formativo de Formación Profesional de técnico agrícola o de Administración y Finanzas; o los que hacen un ciclo superior de Educación Física o de Auxiliar clínica; o los que han empezado a trabajar o están a punto de hacerlo.

Si las cosas fuesen como dice la lógica, aquí debería ir un Continuará. Pero va un The End.

Pueden ver el artículo completo de EL MUNDO aquí.