La procesión, por dentro

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Aunque, por las circunstancias,  no hemos tenido ocasión de hacer una tarea de investigación rigurosa, podemos afirmar que desde la guerra civil (o mejor, incivil) no se había dado esta situación de suspensión total de las procesiones de Semana Santa, aunque, y el año pasado fue un ejemplo de ello, las condiciones climatológicas han impedido en muchas ocasiones la salida de muchos desfiles en diferentes años.

Es, por tanto, algo histórico que se va a quedar grabado para siempre en la memoria de todos, desde los más niños a los de mayor edad y que, sin duda, no vamos a olvidar nunca.  

Este año 2020 no vamos a  vivir esa mañana luminosa y espléndida del Domingo de Ramos, quizás la más alegre del año,  con las palmas acompañando a la burrica y los trajes de estreno que este año se quedarán en el armario, si es que ya los habíamos comprado o confeccionado. No vamos a oír en la noche del Lunes Santo esa bocina con su ronco sonido y esa pregunta resonando por la calle con reiteración “ ¿a quién buscáis?”,   ni vamos a ver en el teatro ese Auto que ya se va haciendo tradición y que tantas ilusiones concita por parte de los intervinientes, actores y actrices por un día.

No vamos a poder ver los tronos adornados con mimo y  con el mejor ornamento floral en las diferentes procesiones. No vamos a poder contemplar el arreglo de la Samaritana con los primeros albaricoques o a la Verónica con su paño impreso con el rostro de Cristo, o al joven San Juan con su palma y su dedo señalando,  o al fornido San Pedro con su simbólico gallo, o la imponencia del Descendimiento, o el rostro feroz de los judíos, o el dolor del Ecce Homo o el sufrimiento de Nuestro Padre Jesús.

Tampoco  vamos a poder seguir con la tradición secular, la más antigua, de rezar por nuestros difuntos en la madrugada del Viernes Santo visitando los antiguos cementerios, encabezados solo por un estandarte y dos faroles.  No vamos a poder levantarnos, en señal de respeto, al pasar ante nosotros el Cristo Yacente en la solemne procesión del Santo Entierro.

No vamos a poder emocionarnos en la mañana azul y luminosa del Domingo de Pascua cuando se produzca la tercera reverencia  y comience el vuelo de cientos de palomas coloreadas de amarillos, azules, verdes, rosados….No vamos a poder oír los sones de Nuestro Padre Jesús, de Solemnidad y del  Evangelista y de tantas marchas procesionales que deleitan nuestros oídos y que cierran cada desfile y que acompasan y acompañan a  la Virgen de la Soledad o de la Esperanza o de la Amargura o del Amor Hermoso.

Ni vamos a oír esos pasacalles que anteceden a la Semana Santa y que salpican nuestras calles de sana alegría en las noches previas a los días solemnes. Y, por supuesto, no vamos a poder asistir en las iglesias a los oficios solemnes de estos tres días, con el lavatorio o la adoración de la Cruz o el solemne y esperado Gloria de la vigilia pascual, que supone el triunfo de la vida sobre la muerte, de la salud sobre la enfermedad, de la alegría sobre la pena.   

No, no va a ser posible. Las túnicas, las imágenes y los tronos y los tambores y las cornetas se quedarán encerrados en sus locales, nuestros templos estarán cerrados y en nuestras calles apenas se verá circular a nadie en una Semana Santa que llenaba nuestros rincones de latidos de vida, de entusiasmo y de alegría.

Pero, junto a todo ello, quedarán encerradas todas las ilusiones, emociones, proyectos y hasta sueños que la Semana Santa lleva consigo y que dan sentido a la vida de tantos procesionistas que se dejan la piel durante todo el año para que su cofradía gane cada año en esplendor. Tantos trabajos y preparativos e incluso inversiones ya realizadas…todo habrá quedado en nada o en triste recuerdo para la posteridad.

Hace unos días parecía que teníamos el mundo a nuestro alcance, nos creíamos invencibles, rodeados de tantos avances de la medicina, de la ciencia o de la técnica y ahora, algo minúsculo, microscópico, insignificante,  nos tiene prisioneros y confinados sin poder siquiera comunicarnos, saludarnos o estrecharnos en un abrazo de cariño o afecto.  

Es por ello por lo que, de vez en cuando, nos asalta la confusión y no estamos seguros de si esta situación es algo real o es una pesadilla. Y, recurriendo a la literatura,   viene a colación la pregunta que, en la novela El Buscón de Quevedo, después de haber pasado mil desgracias, pensando que no era posible tanta desdicha, le hace el criado Pablos a su señor don Diego:

  • Señor, ¿sabéis de cierto si estamos vivos?

Pues nosotros estamos seguros de que sí, de que  estamos vivos, de que esto no es un mal sueño, aunque estamos experimentando una situación que ni las generaciones de nuestros abuelos han conocido.

Y, ante esta realidad de habernos quedado sin nuestras procesiones y sin tantas otras cosas en estas semanas, deberemos vivir la procesión por dentro, pero procurando que no sea un desfile interior continuo de lamentos y  quejas, que no harían más que aumentar las dudas, incertidumbres y temores, sino una procesión en la que desfilen por nuestro espíritu la ilusión, la confianza, la esperanza de que esto va a acabar, de que no es eterno, de que viviremos el próximo año una Semana Santa con más esplendor y brillantez que nunca, que habrá  más cofrades, más anderos, más tamboristas y trompetistas que nunca, que llenaremos nuestras calles como nunca en ese 2021 que ahora vemos lejano, pero que no tardará tanto en llegar. 

Pero, antes de eso, seguro que viviremos en los días  finales de septiembre unas fiestas como las de los mejores tiempos, donde todo el pueblo va a vibrar al unísono, donde vamos a llenar nuestras calles tras los gigantes o tras los Patronos, y vamos a llenar nuestro parque en las verbenas y nuestro teatro y nuestra Ermita y nuestra Era… Y debemos convencernos de que  va a ser así.

Esta situación, que nos tiene aislados a unos de otros, no podemos vivirla como una desgracia o una maldición, sino que puede y debe ser un estímulo, un revulsivo para, cuando todo acabe, que acabará, relacionarnos más unos con otros, estrecharnos más entre nosotros, unirnos más con todos los que nos rodean, sean quienes sean, piensen como piensen, crean lo que crean; en definitiva, cuando acabemos con este maldito virus, tenemos que  acabar también con esos otros virus que nos aíslan, separan o alejan de los demás y vamos a conseguir un Abarán mejor,  con más ilusiones que límites, con más proyectos que prejuicios, con más sueños que desengaños.

JOSE S. CARRASCO MOLINA