Silencio, sacrificio y severidad

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Esas son las tres palabras que definen la que conocemos como Procesión del Silencio. Las tres empiezan con la letra “s” y las tres dibujan y nos trasladan lo que es el devenir de este desfile que es, sin duda, bastante diferente al resto de los que componen nuestra Semana Santa.

En la noche más larga del año, la que da lugar en toda la geografía cristiana, especialmente en España, a  cientos y cientos de desfiles cada uno con su característica propia, con su propia identidad, pero  todos con un denominador común, la intención de llevar a las calles el gran misterio de la Pasiòn y Muerte de Jesús. Un Jesús que se nos aparece en cientos de rostros y figuras y posturas diferentes, frutos de la inspiración diversa de los distintos escultores distribuidos por la extensa geografía nacional, y que forman un retablo de fe y de arte.

En Abarán, también es intensa la noche más larga, la madrugá, como dirían en Sevilla. El centro, la imagen de ese Cristo que su autor José Planes bautizara como de la Agonía, aunque nosotros lo hemos  rebautizado como del Silencio. Antes de las doce de la noche en el atrio se van congregando mujeres con sus velas y también algunos hombres para acompañar esa imagen tan venerada.

Las luces de las calles se apagan minutos antes de las doce y, cuando llega la hora, el trono empieza su recorrido portado por unos anderos que ponen a prueba en esta noche su fuerza y su devoción. En el cielo, la luna llena es el mejor testigo, el que nunca falla. Y en las calles solo se oye el sonido del tambor y el crujir de las maderas del trono, maravillosamente engalanado. El Cristo, imponente, con la luz justa para que se pueda apreciar su gesto de un dolor que es presagio de muerte.

El recorrido se hace lento. Por delante del trono, nazarenos con túnicas de capa blanca. Tras el trono, decenas de fieles con sus velas que iluminan la oscuridad de las calles. Detrás, el sacerdote, autoridades y Junta de Hermandades.

Antes de las tres de la madrugada, el trono empieza a  subir la cuesta del atrio donde esperan todos los asistentes hasta que ya llega a su destino final. ¡Hasta el año que viene! exclaman algunos. Acaba el silencio y vuelven las calles a su iluminación normal.

Enseguida, cuando sean las cuatro de la madrugada, salen precedidos por un estandarte y dos faroles ese desfile de penitentes que van a recorrer los antiguos enterramientos sin cesar de rezar durante el recorrido, como desde hace cuatro siglos.

Y acaba en Abarán, la noche más solemne, la más sentida, la más larga.

Crónica de José Simeón Carrasco Molina

Galería fotográfica de la Procesión del Silencio 2018 por Alejandro Montiel Marín