Fallece a los 87 años el pintor blanqueño Luis Molina

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Este martes, 7 de septiembre, fallecía a los 87 años de edad, el pintor blanqueño Luís Molina Sánchez, autor de varios trabajos en la parroquia de San Pablo de Abarán así como de destacadas obras como, el Bautismo de Jesús y la cúpula del Santísimo en la parroquia de San Juan Evangelista de Blanca. Entre sus obras más conocidas se encuentran las pinturas de Las Siete Maravillas del Mundo y el Paraíso de Blanca en la plaza de las Estereras.

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El entierro tendrá lugar este miércoles a las 17:30 horas en la iglesia de San Juan Evangelista de su Blanca natal. El domicilio mortuorio se encuentra en el tanatorio de Cieza, sala 3.

Nacido en Blanca, el 25 de Noviembre de 1933, Luis Molina destacó desde su más tierna infancia en dibujo, cuando en una pizarra pequeña y provisto de un pizarrín les hacía dibujos a sus compañeros que le demandaban con entusiasmo. Fue en el colegio donde creo su primer cuadernillo, una serie de tres números con el título La Selva Negra, que pasaba a sus compañeros posteriormente para su disfrute con la consiguiente demanda de más. Todo esto ocurría a la edad de 16 ó 17 años, en una época en la que los amigos y conocidos se iban de paseo mientras Luis se quedaba dibujando en casa, algo que le hacía disfrutar plenamente.

Molina cursó Magisterio en Murcia. Durante todo este tiempo se dedicó a su gran pasión, pintar y dibujar, teniendo como referente la máxima del profesor Jarre, catedrático de la Escuela de San Alfonso de Barcelona: «poco hay del dibujo pintado a pintura dibujada». En el campo pictórico, siguió investigando en las diferentes disciplinas (acuarela, guache…) y consultando todos los referentes más interesantes que caían en su poder y, en cuanto al cómic, Molina se define en aquel tiempo como un entusiasta de los tebeos. Su máxima pasión era ser dibujante de historietas, ya que admiraba a los grandes autores americanos y españoles del momento. Estuvo tentando a toda editorial de tebeos que conocía, desde Barcelona pasando por Valencia hasta Andalucía. Se da la anécdota que en 1952, en Bruguera, el director técnico procedía de Águilas, ciudad costera murciana, e intentó introducirlo en la editorial, pero no pudo ser porque su estilo no llegó a interesarles.

Con la murciana Gráficas Belkrom, de la que conocía a su responsable José Geromo, hizo ilustraciones para etiquetas y también estuvo a punto de colaborar en una colección de cuadernillos de los que ya había realizado algunos guiones, pero el propio y prematuro cierre editorial le dejó con la miel en los labios. Molina mantuvo contactos de interés con Maga, dónde le atendió personalmente Manuel Gago que, aunque se quedó con un primer cuadernillo de la serie Puño de Bronce y le pidió otras muestras periódicamente para mantener el contacto, no llegaron más allá. Otro intento fallido fue con la editorial Rollán de Madrid que le pidió ilustraciones para una novela; allí, aunque le ofrecieron total libertad para la realización, el trabajo efectuado a plumilla fue rechazado por problemas técnicos para su impresión. Molina tuvo que rehacer las ilustraciones haciéndolas más sueltas y sin tantas masas de negros, lo que ya no interesó a la editora, malográndose la idea. También para esta editora creó una novela de suspense: El asesino anda cerca, su única semilla en el mundo de la narrativa que, igualmente, quedo truncada, cuando no pasó la censura de la época.

Fue en 1962 cuando la Editorial Andaluza con sede en Sevilla la que, interesada por el estilo tan acabado y ágil del autor, le invitó a trabajar con ellos, publicando inicialmente la mencionada serie de completa autoría Puño de Bronce. Esta colección narraba las peripecias de un valeroso egipcio enfrentado a los “reyes pastores” de las montañas de Siria que pretendían imponer su dominio en los territorios del protagonista y, además, esclavizar a su amada. A la par, vistos los buenos resultados, le cederían la colección Torg, Hijo de León que hasta entonces venía dibujando un autor más mediocre llamado Arturo Roldán. Molina, para hacerlo más suyo y no considerarse como un continuador del trabajo de otro, cambiaría el titulo por Príncipe Torg de León. Todo ello le llevó a resentirse en su dibujo, ya que él dibujaba más por ilusión y placer y el verse sometido a la creación íntegra semanal, guión, dibujo y portada, le supuso mucho stress y una bajada en la calidad gráfica entre los primeros y los sucesivos ejemplares. Problema que se incrementaba cuando debía realizar, a final de año, los almanaques de las colecciones bajo su dominio.

Molina recibía 1.500 pesetas por número y semana, lo que hacía al cabo del mes una sustanciosa cantidad. El trabajo lo realizaba en su domicilio y lo enviaba por correo a Sevilla, a pesar de que Diego Siménez de Cabo, el editor, pretendía ponerle un estudio en el taller (cuyo personal de plantilla estaba compuesto por el maquinista, el contable, un primo de Diego, y cuatro plegadoras; el resto, los dibujantes, eran colaboradores) de la capital andaluza para tenerlo más cerca y con comodidad a lo que Molina se negó. Diego tenía a su tío Enrique, apoderado del Banco Urquijo, como principal aval para llevar adelante el negocio editorial, pero como era un hombre muy joven, atraído por la buena vida y el gasto generoso, hacía que los ingresos fueran inferiores a los gastos, lo que le fue llevando paulatinamente a la bancarrota dejando a Molina con impago de los últimos números de ambas colecciones (que, además, quedaron inéditos), las colecciones inacabadas y todos los originales, perdidos, ya que el autor nunca pidió devolución de los mismos. En 1964, Molina puso fin no sólo a esta relación sino a todo contacto futuro con el cómic.

Posteriormente, en 1966, viajaría a París donde intentó realizarse como pintor de manera autodidacta, y en los tres o cuatro meses que duró su residencia incluso realizó alguna exposición. Como no sacaba nada en claro, regresó a Murcia en 1967 dedicándose al oficio de pintor. Igual pintaba cuadros que pintaba una casa y fue, en este momento, cuando decidió casarse con la novia que tenía desde hacía algunos años y con la que «me hablaba desde hacía tiempo», tras lo cual marchó a Barcelona con la idea de dedicarse al cómic o a la ilustración.

El campo editorial barcelonés era muy extenso, pero tras un mes de estancia, Molina entendió que la humedad ambiental y el problema de reuma que padecía no eran compatibles y su salud se agravó un tanto, por lo que cambió su residencia a Madrid, viviendo de precaria manera. En este momento de su vida decidió ir por lo seguro y usando su titulación de magisterio, logró dar clases de dibujo en diversos colegios: Torrelodón, Pozuelo y en el Liceo escolar, aunque las actas de clase las firmaba el titular de la materia, un licenciado, y él la impartía. Mientras desempeñaba esta actividad, realizó cuadros por encargo y algunas exposiciones.

Cursó estudios de Artes y Oficios en Madrid para poder conseguir firmar por sí mismo esas actas y progresar en su trabajo como le recomendaban los directores de cada centro. Molina aclara que lo único que consiguió allí fue la titulación, pero pocos conocimientos: «La experiencia y las técnicas se aprenden con el trabajo y la investigación diaria».

Con la licenciatura en el bolsillo empieza a ejercer la docencia en el colegio de San Rafael en Cuatro Caminos pero, desgraciadamente, al director no le concedieron una subvención y tuvo que prescindir de sus servicios. Un poco cansado de la docencia, probó suerte en el ramo comercial e instaló una tienda de ropa infantil. Pero el negocio no fue prospero y hubo de cerrar sus puertas. Tras 20 años de vida en la capital donde tuvo la suerte de gestar a su hijo Fidel, volvió a la tierra de sus orígenes, Blanca, donde comenzó otro aspecto de su dedicación, pintar e ilustrar las iglesias de la localidad de Abarán, a la que seguirían frescos para la ermita y la iglesia de la Ñora, entre otras.

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