La periodista cultural Ariana Gómez Company habla del estudio de los artistas en el magazine “Quédate conmigo”, conducido por María Pina en 7 Región de Murcia

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Visitar el estudio de un artista es adentrarse un poco más en su obra, en su técnica y en su espacio personal.Podemos diferenciar entre aquello que narra el propio artista y lo que se observa, los elementos que construyen esa atmósfera impregnada de creatividad, de gran valor e importancia para el relato periodístico: los libros que lee y le sirven de inspiración, su interés por ciertas temáticas o el trabajado concepto detrás de su obra, así como el orden de las herramientas, los materiales que utiliza y su función, la necesidad de silencio o la música que escucha en el taller. Los espacios de trabajo son tan personales como la propia obra. En ocasiones, una ventana traslúcida tiene una explicación muy curiosa.

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Cada espacio cumple o intenta cumplir con las necesidades del propio artista. No es igual el estudio de la artista visual Miriam Martínez Abellán (Cieza) que el del escultor Lidó Rico (Yecla), aunque compartan algunas características.

Tampoco el de la pintora contemporánea Rosana Sitcha (Cartagena) o el de Torregar (Ceutí), aunque ambos trabajen la pintura acrílica (sobre todo porque Torregar lleva a cabo un proceso de transformación de la materia para generar sus barridos o arrastres tan característicos, lo que genera atmósferas muy densas por el uso de tintas, resinas y nogalinas).

Y no es igual la luz que necesita Luis J. Fernández (Blanca) con relación a la que eligen Juanjo Martínez Cánovas (Murcia) o Nono García (Mula). De hecho, unos suelen pintar de pie y otros, debido a la naturaleza de las propias obras y el tamaño del soporte, eligen trabajar sentados. También hay quienes prefieren el aire libre y captar la esencia de esos frutos que, con el paso de los días, se van transformando. Hablamos, por ejemplo, de la elección de Pedro Cano, que pinta del natural o busca diferentes horas del día para sus composiciones, por la importancia de la luz. Porque para Cano, la belleza de una flor no se puede trasladar igual desde el papel que del natural.

De forma más detallada, el escultor Lidó Rico presta importancia a la necesidad de estar trabajando en un sótano: esa necesidad de blindaje con respecto al mundo exterior, aun cuando la naturaleza es muy bella, afirma. Podría haber ubicado su estudio mirando hacia la montaña, por ejemplo, −dice. Lo normal, señala, es que el estudio mirara hacia la naturaleza. Sin embargo, ha decidido trabajar en su propia introspección, conectando con el sentido de la obra.

Se trata de una desconexión del mundo exterior, cuidando siempre que la temperatura del taller sea constante para la obra, para las resinas y escayolas con las que trabaja.

Su taller es un sótano de cinco metros de altura que se convierte en una bodega, porque para hacer los “sumergidos” necesita una temperatura adecuada y lo más constante posible para moldear la escayola y la resina.

El hecho de estar sumergido le otorga todos esos valores que necesita para trabajar: mirar dentro de sí, una reflexión constante sobre el sentido del ser humano.

En contraste, la subida al estudio de Luis J. Fernández, en Blanca, es muy particular. Son calles que hacen un zigzag entre recovecos y escaleras, zonas más amplias y otras muy estrechas. De repente, sin esperarlo, te dice: “hemos llegado”.

Los cristales del interior dan cuenta del transcurrir del tiempo, a propósito, para tamizar la luz que entra. Esa fue una de las primeras entrevistas de Ariana Gómez a un artista plástico: “Hace cinco años le propuse a Luis una entrevista con motivo de su exposición en la Fundación Pedro Cano. Le estoy muy agradecida y también a quienes me brindaron la oportunidad, al periodista David Gómez y al equipo del diario La Opinión”, comenta.  

En pandemia Luis J. Fernández instaló el estudio en su habitación de casa. Allí trabajaba, de pie, con los papeles sujetos a la pared con cinta de carrocero.

Es una de sus características: fijar los papeles a la pared con cinta de carrocero. En el estudio de Blanca encontramos que la pared frontal se utiliza a modo de caballete, por los restos de pintura que aún permanecen en ella.  

Imagen cedida por la artista.

Por otra parte, el estudio de Miriam Martínez Abellán se encuentra en el centro de Murcia, tan próximo a la catedral que, según me comenta, sabe la hora que es por el sonido de las campanas que le llegan mientras trabaja.

Su proceso se centra en la técnica manual del collage analógico, el ensamblaje, la instalación y el objeto intervenido, un lenguaje inspirador que la acerca al estilo vintage y el reciclaje.

También desarrolla diversas actividades culturales relacionadas con la creatividad: talleres, conferencias, labores de comisariado y diseño gráfico. Actualmente cuenta con una amplia trayectoria expositiva en espacios nacionales e internacionales.

Lejos de lo digital, prefiere una experiencia directa y emotiva con los materiales. Considera que es un valor añadido. Estar en contacto directo con el papel, los objetos y la pintura es algo que no se consigue de forma digital, comenta.

Recopila, para ello, imágenes antiguas de diversas procedencias. El collage le permite crear un imaginario de códigos híbridos, así como utilizar imágenes del pasado para tratar temas del presente. La experimentación y la vanguardia, la figura femenina o el gusto por el interiorismo están presentes en su obra, su manera de trabajar y su taller.

No obstante, para Pedro Cano “el pensamiento es más fuerte que el lugar donde se pinta”. El pintor ha tenido estudios en Madrid, Italia, Nueva York o Blanca y cada ciudad ha forjado su identidad como pintor y modelado su sensibilidad creativa.

“Desde su casa, donde nos espera, hasta el taller (en Blanca) hay unos cinco minutos a pie. De camino al Centro Negra, vamos dejando atrás la iglesia y la plaza y nos adentramos hacia el color oscuro de la montaña, que nos envuelve. Nos detenemos ante una puerta de madera de doble hoja: el lugar perteneció a Pedro Antonio el Manchego, su abuelo”, relata Ariana Gómez.  

“En casa tiene otro sitio de trabajo, pero este lo considera su taller. El espacio es luminoso, con techos elevados. Un gran ventanal proyecta la luz indirecta, por el efecto de las cortinas. Presenta varias salas comunicadas, gracias a una remodelación y preside las paredes blancas un mapa de 1912. Apenas cuatro acuarelas del paraje de la peña negra sirven de decoración. También nos llama la atención el banco de trabajo: antiguo, rudo, repleto de enseres”, comenta.

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