Mañana de Viernes Santo en Abarán

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La madrugada ha sido intensa en todo el orbe católico. Y han salido a la calle procesiones de la mayor diversidad y factura y se han celebrado ritos de lo más diferente. Tallas, tronos, marchas, costumbres de una variedad maravillosa y enriquecedora pero siempre sobre un mismo motivo: la muerte en cruz del Hijo de Dios. Noche de dolor, pero también de trascendencia, de muerte pero también de esperanza.

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En Abarán, a las cuatro en punto de la madrugada ha tenido lugar una de estas manifestaciones tradicionales, una procesión antiquísima de penitentes en la que no hay tronos, ni flores, ni música ni nazarenos. Solo un estandarte flanqueado por dos faroles y unos penitentes que no cesan de rezar por los que nos dejaron, haciendo un alto en los lugares de antiguos enterramientos.

En ese viacrucis de madrugada, con la luna llena como testigo, se van cantando unas tonadillas en cada una de las catorce estaciones, que van llamando a una reflexión y a un cambio de vida mirando el sufrimiento de Cristo.

Esas mismas tonadillas se cantaban en el desfile del Viernes Santo en la mañana a cargo de personas ya desaparecidas y lo hacían dentro de la misma procesión, entonces mucho más corta que en la actualidad, y así El Niño de la Rosa o Benigno de la Calienta o Luis de Evaristo… desgranaban esas meditaciones cantándolas con voz varonil.

En esa mañana la ermita poco a poco se va llenando de tronos, anderos, nazarenos, bandas y cofrades dispuestos a salir formando un desfile muy luminoso y entrañable. Corre siempre una brisa más invernal que primaveral, aunque luce potente el sol en la mañana. Con esa luz matinal brilla con más fuerza el policromado de las imágenes y el dorado o plateado de muchos tronos.

Ya han llegado todos los tronos al paseo, requisito imprescindible para dar la salida, pues no hay más que un lugar para entrar y salir a la Ermita. Comienza la procesión pasadas las diez de la mañana, encabezada, como en el miércoles santo por la imagen tierna y cálida de un Niño rodeado de flores. Muchos niños lo acompañan; tras ellos la banda que da paso al trino de la Flagelaciòn con los sayones, cargados de rabia y un Cristo dolorido y ensangrentado.

Desde esta primera Hermandad hasta el último trono, el de la Virgen en su advocación de los Dolores, una larga fila de tronos de todas las Hermandades va configurando el desfile que recorriendo las calles de siempre vuelve ya bien pasado el mediodía a la ermita de donde salió. Todos los tronos esperan que llegue la Virgen con la Banda de Música detrás. La ermita es un hormiguero de gentes y un caleidoscopio de colores. La Banda acaba su última marcha y poco a poco bandas y tronos dejan el paseo para dirigirse a los diversos lugares donde se reservan y vuelven las prisas porque hay que empezar ya a poner a punto los tronos para la solemne procesión de la noche.

Recordamos las procesiones de otras mañanas de Viernes Santo:

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