La procesión, por dentro

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La cuaresma está ya tocando a su fin. Queda ya muy lejos ese miércoles de Ceniza que abre este tiempo de sacrificio y penitencia, ese día en el que se nos pide “convertíos y creed en el Evangelio”.

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Acaba la cuaresma dentro de poco, en ese Jueves Santo en el que se proclama el mensaje del amor fraterno, “amaos los unos a los otros”.

Antes se vive este Domingo de Ramos que es el pórtico para cada Semana Santa, la puerta que nos introduce en la vivencia de unos días tan intensos como llenos de significado.

Son esta procesión junto con la del Corpus las únicas dos que impone la Iglesia como obligatorias, las que tienen una dimensión litúrgica.

Es quizás  la procesión más esperada. Su composición es muy sencilla, solo un trono, pero con un significado y un valor muy entrañable. Es la procesión de la burrica. Sobre el trono una imagen de Jesús muy diferente a la que vamos a contemplar el resto de la Semana. No es la imagen de un Cristo dolorido, sufriente, coronado de espinas, escarnecido, flagelado, o yacente, sino la de un Jesús subido en un pollino que es aclamado por la multitud que no para de gritar “Hosanna al Hijo de David”, no deja de reconocer su grandeza aunque se mueve entre la  multitud sobre un humilde animal.

Esta procesión, tan valorada y apreciada en este pueblo, nace ligada a una empresa que fue forjadora de hombres fuertes que, trabajando la madera, quisieron hacer sus desfiles propios de una manera muy rudimentaria pero muy auténtica. Y de esas experiencias nació la idea de hacerse con una imagen que representara la entrada de Jesús en Jerusalén. Toma la iniciativa Antonio Templado, el audaz empresario y todos los trabajadores se unen en esta iniciativa y se crea la Hermandad de la Verónica, tan enraizada en nuestros desfiles. Todo ello bajo la tutela espiritual del párroco Don Juan Sáez, quien estaba empeñado en crear hermandades de diferentes gremios de trabajadores. De todo eso hace ya más de 50 años y se ha podido llegar hasta la actualidad gracias al empuje de mucha gente, haciendo cabeza Feligrés que ha transmitido a su familia esta antorcha.

Hasta la creación de la iglesia de la Garita, que este año cumple 50 años, la misa, bendición de las palmas y salida de la procesión era en aquella fábrica de maderas, al final del Camino Nuevo. Y cientos de personas acompañaban a la burrica en su trono con sus palmas en las manos.

Es una procesión alegre, como alegres eran los signos y los gritos que en Jerusalén se lanzaban al Hijo de David, al que entonces consideraban como el Mesías, aunque en muy pocos días cambian su consideración y pasarán  a querer liberar a Barrabás, que era un bandido y a querer crucificar a Jesús, en quien ni el propio Pilatos ve culpa alguna.

Este año, como el pasado, acompañemos desde la imaginación a este Cristo sobre la burrica y llevemos las palmas en lo más profundo  del corazón, en lo más íntimo del alma.

JOSE S. CARRASCO MOLINA

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