Sin brasas en la Plaza

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Es algo muy humano que nos cueste trabajo el levantarnos cada día para comenzar el trabajo o la rutina cotidiana, pues nuestra naturaleza nos empuja al descanso más que al esfuerzo. Pero, de todos los días del año, hay algunos en los que este esfuerzo es aún mayor, en que aún nos cuesta más vencer la pereza e incorporarnos a las tareas de cada día. Y en Abarán, sin duda, es el siete de enero el día en que ese arranque para comenzar el día se hace más trabajoso, pues el día seis ha sido siempre tan intenso que parece que ha durado mucho más que el resto de los 364 de cada año. Es por ello por lo que, para paliar el efecto de una fiesta vivida con tanto entusiasmo, la actividad laboral, la oficial y la docente siguen paralizadas en nuestro pueblo alargando las vacaciones navideñas un día más.

Pero si, como es el caso del que suscribe, se trabaja fuera de este pueblo, no hay más remedio que madrugar ese infausto siete de enero para reincorporarse a las tareas tras las vacaciones. Y la verdad es que salir a la calle bien temprano ese día siete es una experiencia que, aunque se repite cada año, siempre parece nueva por la extrañeza que se siente cuando se palpa el silencio, el mutismo total de las calles, el paisaje desértico de un pueblo que hace solo unas pocas horas hervía en ambiente, en música, en ruido y, por qué no, también en devoción y tradición y sentimiento.

Uno sale a la calle y no se cruza con nadie y no ve circular ningún coche y no ve abierto ningún negocio, ni siquiera las panaderías, pues en Abarán hay pan blando el día seis pero no el día siguiente. Y va avanzando oyendo solo sus pisadas como si de pronto el pueblo se hubiera quedado desértico y uno fuera poco menos que un fantasma perdido entre tanta soledad.

Sólo se percibe un rescoldo de vida y de calor al mismo tiempo al pasar por la Plaza Vieja, sin nadie por supuesto, y ver algunas brasas aún vivas, entre las cenizas de lo que hace unas horas era un fuego potente en luz y calor que arremolinaba a su alrededor a cientos de personas que cantaban y bailaban al son de los villancicos más populares y más nuestros. Y uno se detiene cada año un rato a sentir el calor de estas brasas y siente en su interior las notas de la señora Ruperta y su marido Balbino y rememora tantos saludos efusivos a paisanos que desde más allá de la Garita vinieron esa noche a besar el Niño a su pueblo en una cita a la que no puede faltar. Y, con estos recuerdos revividos frente a las brasas, sigue su camino para llegar a tiempo a su trabajo.

Esta era la vivencia que se ha venido repitiendo durante años y años cada siete de enero: brasas, calles vacías, negocios cerrados…. desolación y soledad tras un día febril e intenso. Pero he aquí que no será igual en este 2021, pues el sexto día de este año recién comenzado no se ha parecido en nada a ningún seis de enero desde hacía siglos.

Miles y miles de besos se han quedado sin poder depositarse en unas imágenes del Niño, vestidas con tanto cariño como elegancia y maestría. Cientos de notas musicales se han quedado sin poder ser interpretadas con entusiasmo y empeño. Abrazos y apretones de manos se han quedado sin poder materializarse para estrechar lazos de sana amistad con el que nos visita en este día tan especial. Y, por supuesto, no hay en la Plaza Vieja ni un mínimo rescoldo ni una diminuta brasa ni un pequeño rastro de fuego alguno.

Pudiera parecer, por tanto, que cuesta este año menos trabajo la vuelta a la realidad cotidiana, pues poca nostalgia se puede sentir por aquello que no se ha disfrutado, pero el dolor interior, la pena profunda ha sustituido a esa añoranza de cada año. Y caminamos por las calles sin estar seguros de si este seis de enero de 2021 ha sido realidad o pesadilla, de si, como dice la obra de Calderón, la vida, esta vida es sueño o no.

Pero, conforme avanza el día, ese sentimiento inicial da paso a otro mucho más positivo y constructivo y es el convencimiento de que esto solo ha sido un paréntesis que muy pronto cerraremos y se volverá a vivir en plenitud ese seis de enero abaranero y se volverán a abrir todas las puertas de todas las casas para todos los que quieran entrar y en la Plaza Vieja se volverá a sentir cada siete de enero el calor de unas brasas en cuyo rescoldo se siente el amor de todo un pueblo a una tradición tan sencilla como profunda, tan bella como auténtica, tan maravillosa como nuestra.

JOSE S. CARRASCO MOLINA