¿Volverán las palomas?

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Según Bécquer “volverán las oscuras golondrinas/en tu balcón sus nidos a colgar”, pero, aunque vuelvan las golondrinas al balcón, no está tan claro que vuelvan a  nuestra Plaza las palomas coloreadas en Domingo de Pascua.

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Y es que es una incógnita lo que pasará no solo con las palomas sino con tantas cosas que se han quedado en “hibernación” en estos últimos meses.

Dice un refrán español que “no hay mal que cien años dure” y ello podemos aplicarlo a esta situación actual que, antes o después, acabará, sin duda. Tardará más o menos pero llegará su final y volverá la normalidad que dejamos atrás en marzo de 2020.

Pero la incógnita es si todo volverá a ser como antes o la vida de los pueblos quedará resentida después de este largo paréntesis.

He tomado como base las palomas que llevan dos años sin volar en el cielo de nuestra Plaza Vieja tras el emotivo encuentro del Resucitado con la Virgen. Pero hemos dejado muchas cosas en este largo camino. Hemos dejado de besar al Niño con todo lo que ello conllevaba: la reunión familiar, el atrio apiñado, las emociones contenidas, los villancicos tan nuestros,… Hemos dejado en blanco los últimos días de septiembre, días en los que el pueblo vibraba y nos quedamos sin el movimiento popular de los cabezudos, sin los alegres pasodobles tras los carteles, sin el ambiente de nuestra Era en tarde de toros, sin la sonrisa de los niños en el tiovivo, sin los papelillos que llenan nuestras calles y nuestra ropa y, sobre todo, sin poder vivir esos momentos tan emotivos de la salida o la entrada de nuestros Patronos a su ermita y acompañarlos por nuestras calles.

Además de todo ello, y por dos veces, no hemos podido vivir la mañana de azul intenso de Domingo de Ramos con las palmas en las  calles, ni hemos podido oír los sones de las cornetas y tambores, ni contemplar los vistosos arreglos florales de nuestros tronos, ni admirarnos ante la belleza de nuestras tallas, ni apretujarnos en la Plaza para vibrar tras la tercera reverencia como lo hacemos también en el atrio cada seis de enero cuando ansiosos esperamos ver salir a unos Niños bellamente vestidos.

Pero de poco nos sirve ya lamentarnos de lo que hemos perdido, de lo que hemos dejado de vivir en estos últimos meses. Urge mirar al futuro y pensar en el después de esta situación, en qué será de la vida del pueblo cuando esto toque a su fin.

Porque si los efectos de esta pandemia han sido catastróficos en el ámbito sanitario o económico, llevándose por delante miles y miles de vidas humanas y de puestos de trabajo y de empresas de todos los sectores, pueden ser igualmente tan negativos en el ámbito social, en lo que hace referencia a la idiosincrasia de los pueblos, a sus señas de identidad, en definitiva, a su alma.

Poco podemos hacer los ciudadanos de a pie para paliar los efectos sanitarios o  económicos, pero sí que está en nuestra mano el evitar el que, si esta situación se prolonga, nuestras costumbres y tradiciones caigan en el olvido y nos quedemos sin ese rico patrimonio inmaterial que configura la identidad de Abarán.

Esta tremenda situación va a poner a prueba la capacidad de un pueblo para recuperarse como pueblo, para revitalizar lo que ha quedado aletargado.

Porque, si esto se prolonga y ojalá no sea así, hay dos posturas posibles para afrontar  ese futuro en el que ya este virus sea ya solo un triste recuerdo. Y es que  la sociedad puede adormecerse y conformarse y no reaccionar pensando que tampoco ha sido una tragedia habernos quedado sin tantas cosas, o puede resucitar su ánimo y su empeño en que nuestras cosas vuelvan aún con más fuerza. Es decir,  podemos responder con tibieza y conformismo o con decisión y entereza.

Ojalá adoptemos esa postura decidida y valiente porque para que todo vuelva a ser como antes, los animeros han de recargar su ánimo para volver a sacar el Niño  aún con más brío, y los procesionistas deben volver a sacar su túnica del armario con más ilusión y ganas, y los giganteros cargar sus cabezudos aún con más empeño. Y así los de los papelillos y los huertanos y las amas de casa y los miembros de cualquier asociación…todos deben reemprender sus actividades con más tesón cuando esto acabe.

 Y no solo debemos recuperar estas cosas que son patrimonio de un pueblo, sino también las relaciones familiares, vecinales, sociales…que tan quebrantadas ha dejado esta pandemia. Los saludos, los abrazos, los apretones de manos, las tertulias, el tapeo,  los reencuentros…. deben volver a formar parte de nuestra vida de pueblo. Porque si seguimos con esta frialdad y este distanciamiento, nos convertiremos en un pueblo dormitorio y perderemos ese contacto tan entrañable entre unos y otros que es el encanto de la vida de un pueblo pequeño.

Este virus puede acabar con muchas cosas, contra algunas de las cuales no podemos luchar porque no dependen de nosotros, ciudadanos de a pie, pero sí que tenemos en nuestra mano y en nuestra voluntad y decisión el volver a esa convivencia entrañable y cercana entre todos los que aquí vivimos y  nos conocemos, y eso nos animará a sentirnos orgullosos del pueblo en el que estamos y ese orgullo fortalecerá nuestra voluntad para que, a  pesar de este largo paréntesis, volvamos a besar el Niño con ternura, a sacar los tronos a nuestras calles con devoción, a hacer desfilar nuestros gigantes con alegría,  a acompañar a dos Médicos con emoción y a vibrar de entusiasmo cuando volvamos a ver  volar en un domingo de Pascua unas palomas con alas de colores…. de colores… de  colores.

JOSE S. CARRASCO MOLINA

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