Y volvieron a volar las palomas

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Sí. Eran las doce de la mañana  azul y espléndida del Domingo de Pascua de un año 2022 que ya marcaba el comienzo de la vida, pues estos dos años pasados hemos vivido un letargo que no merece llamarse “vida”.

Pues a esa hora volvieron a subir al cielo unas  palomas cuyo vuelo multicolor anuncia en este pueblo la resurrección de  Cristo y, por consiguiente, el fin de una Semana Santa que ya puede calificarse como “normal” aunque marcada no solo por el color de las túnicas de cada hermandad sino también por el de esas mascarillas a juego que han cubierto las sonrisas nazarenas dejando exclusivamente a los ojos la expresión del ánimo o el estado del espíritu.

No era esta una Semana Santa más pues, tras un largo paréntesis, era una prueba de fuego para comprobar si los ánimos de tantos nazarenos se habían enfriado o si, por el contrario, era aún mayor la ilusión por poner de nuevo en la calle nuestras imágenes y hermandades y estas han demostrado que siguen manteniendo una gran capacidad de convocatoria, que son una fuerza social que hay que tener en cuenta y que los poderes públicos deben apoyar; y que son también una fuerza importante de la Iglesia que esta también debe valorar en una actitud de corrección, sí, cuando haya que hacerlo, pero también de cercanía y colaboración, dejando atrás todo reproche, distanciamiento o enfrentamiento.

Si hacemos un balance de lo que se ha vivido estos días, evidentemente, por suerte, ha vencido la ilusión al desánimo, ha podido el entusiasmo con la indiferencia, ha superado el amor por nuestras cosas al pasotismo.

Es verdad que la lluvia de los primeros días, que obligó a interrumpir la procesión del Martes Santo y a suspender la procesión general del miércoles, fue un severo contratiempo pero, tal vez, aún enardeció más los ánimos para vivir con una mayor intensidad la otra mitad de la semana. Y así la gente llenó las calles durante la procesión de la Cena, la del Silencio fue toda una demostración de severidad, incluso la de los Penitentes, que este año hemos difundido bastante, contó con una presencia mayor  de fieles que otros años.

Y, llegados al día grande, Viernes Santo, fue muy brillante la procesión matinal, llamada de los “pasos”, y especialmente solemne y seria la del Santo Entierro. Un desfile muy de acuerdo con lo que se conmemora en esta noche. Y fue, precisamente, en esta severa procesión cuando se produjo una incidencia que merece la pena reseñar. Y es que, al pasar el desfile por la horma de la Chota (nombre tradicional de la situada en el comienzo de la Calle San Damián), al mostrar un grupo de jóvenes un comportamiento poco acorde con el que debe observarse en esta noche,  el nuevo presidente de la Junta de Hermandades salió del desfile y, de forma rotunda y sin complejos, desde la baranda amonestó con fuerza a los que estaban ajenos a lo que estaba pasando pidiéndoles respeto al menos durante el paso de la procesión, pues antes y después de la misma disponen de tiempo para el disfrute y la bebida. Todo eso, dicho con pasión y valentía, levantó un fuerte aplauso de los espectadores de la procesión.

Fue un detalle muy positivo que demuestra una firmeza que hace falta si queremos mantener un ambiente digno en nuestras procesiones. Porque, siendo evidente que a nadie se le puede obligar a sentir la fe en los misterios que se representan, sí que se puede y se debe exigir, al menos, respeto por aquello que están celebrando los demás y que, en esa noche, es nada más y nada menos que la muerte de Cristo, un hombre que ha cambiado la historia.

Pues solo nos resta desear que siga esa voluntad de imponer seriedad fuera y dentro de los desfiles, de establecer unas normas y de hacer que se cumplan, de mirar hacia atrás, a los que nos precedieron, e imitar de ellos, gentes menos cultas que nosotros y con menos posibilidades, esa devoción, fervor y respeto con los que sacaban las procesiones a la calle, más sencillas y  mucho más pobres que las de hoy, pero tal vez más acordes con lo que se celebra en esta conmemoración anual.

Pero, tras la muerte, vino la Resurrección y, con una Plaza Vieja abarrotada como nunca, contemplamos una procesión tan emotiva como siempre, de la que me quedo con esos segundos de silencio, miles de personas en silencio, que preceden a ese encuentro de Hijo y Madre y a esa caída del manto negro y a esa suelta de palomas que, después de dos años, han  vuelto a sentir en sus alas coloreadas la alegría que hace vibrar a un pueblo cada vez que llega la primera luna llena de la primavera.

JOSE S. CARRASCO MOLINA

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