Tras la misa de las siete y media de la tarde, tuvo lugar la bendición de los Niños que habían presidido la celebración y la posterior salida de los nuevos portadores y animeros. Con la campanilla anunciando su llegada, los Niños fueron abriéndose paso entre una multitud emocionada que abarrotaba la explanada de la ermita y sus alrededores.
Este año, como novedad y también por la situación excepcional del templo parroquial de San Pablo, los Niños descendieron en procesión hasta la Plaza Vieja, desde donde se distribuyeron para recorrer las distintas zonas del municipio. Una imagen histórica que quedará para el recuerdo de esta edición.
Los trajes, cuidadosamente elegidos y cargados de simbolismo, mostraban la diversidad cromática y estética que hoy caracteriza a la fiesta, lejos de aquellos tiempos en los que solo cuatro Niños, identificados por colores, recorrían el pueblo. Cada vestimenta es una ofrenda, una muestra del cariño con el que Abarán quiere presentar al Niño “lo mejor que tiene”.
Una noche que no entiende de relojes
En Abarán, el día 7 no existe: la noche del 6 se prolonga hasta bien entrada la madrugada, cuando los Niños regresan tras completar sus rutas. La hoguera de la Plaza Vieja, el canto de los animeros, los villancicos tradicionales —algunos exclusivos del municipio— y el encuentro constante entre vecinos y visitantes mantienen viva una celebración que es, al mismo tiempo, religiosa y profundamente humana.
Así, Abarán volvió a demostrar que esta no es solo la fiesta de la Epifanía, sino la Noche del Niño, una tradición viva que define la identidad del pueblo y que, año tras año, sigue emocionando a quienes la viven dentro y fuera de sus calles.
Vídeo de la salida de las imágenes del Niño desde la iglesia de la Ermita:


















