Residencias de Mayores: ¿Chivos expiatorios?

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El abaranero Carmelo Gómez Martínez, Presidente Sociedad Murciana de Enfermería Geriátrica y Gerontológica publica hoy un artículo que pone de relieve la difícil situación por la que atraviesan muchos centros de mayores en todo el país.

Durante estos días estamos viviendo unos de los hechos más terribles de lo que llevamos de siglo XXI. La pandemia global provocada por Covid-19, más conocido como “coronavirus”, ha afectado todos los segmentos de nuestra sociedad. Pero lo que no podemos negar, sin llegar a afirmar que sea beneficioso, es que en cierta medida ha puesto en su sitio a más de uno.

Hace ya mucho tiempo que los que trabajamos en este sector asistencial venimos reclamando un debate social abierto en torno a los recursos ¿sociales? que significan las residencias. Quizás por ello estamos indignados por esta ola de desprestigio que ahora nos invade. La culpa es un poco nuestra, porque nunca hemos sacado a los mayores en silla de ruedas por la Gran Vía. Las residencias son la representación institucional del aprecio que una sociedad entera muestra hacía sus mayores. Los denominados “asilos” tenían en sus inicios una única función social: acoger a los que no tenían a nadie que les cuidara.

Los motivos que hoy llevan a unos hijos a buscar una residencia para sus padres suele ser la falta de medios económicos, y tiempo, para cuidarles. Pero sabemos que hay muchos más mayores que envejecen en sus casas que en residencias. Tienen problemas de salud que han desembocado en una incapacidad social de las familias para cuidarles adecuadamente en sus casas. Una vez que por estas causas van a vivir a una residencia, recordemos, un recurso social, debemos preguntarnos entoncesqué pasa con los problemas de salud que provocaron su salida del hogar. La cruda realidad es que desaparecen para el sistema sanitario público. Las residencias deben buscar médicos y enfermeras para suplir con sus propios medios lo que el sistema público de salud debería hacer de oficio, como sí lo hacen con los mayores que viven en sus casas.Las residencias no están pensadas para asistir sanitariamente, sino para acoger socialmente a aquellos que no pueden seguir en casa.

Los muertos han empezado a salir en los periódicos. Y cuando lo han hecho la imagen social de aquellos cuya labor es sólo proporcionar un techo y cuidados básicos queda por los suelos. Los médicos y los científicos dicen diariamente que los mayores son población de altísimo riesgo de contagio y de sufrir complicaciones frente al coronavirus. ¿porqué entonces no se tomaron medidas antes, mucho antes, precisamente en aquellos lugares donde más ancianos frágiles viven, en las residencias?. En un determinado momento, el mismo ánimo solidario, que estimuló hace siglos la aparición de las residencias y de las organizaciones que las gestionan, les llevó a tomar la decisión de ampliar sus cuidados para suplir la escasez, si no la carencia, de los servicios sanitarios que se merecen por derecho constitucional (gratuidad y universalidad). Muchos mayores ya hace muchos años que están agonizando, pero no porla vejez, sino por el desamparo del sistema sanitario que nunca debió dejarles atrás. Toda la sociedad hemos sido cómplices de ello, no solo las administraciones públicas de lo social y lo sanitario.

Ante esta enorme jarra de agua fría que nos está cayendo, día a día, por lo visto lo fácil, lo menos gravoso, es echarle la culpa a aquellos que siempre estuvieron ahí, cuidándoles como pueden mientras otros ignoran a propósito su responsabilidad. Así, respetables lectores, las residencias y todos los que en ellas procuramos cuidados a sus familiares mayores, hoy y parece ser que también en el futuro, nos hemos convertido en su chivo expiatorio, aquel símbolo que necesariamente había que enviar al desierto cargado de maldiciones, de unos y de otros, para no tener que asumir nuestra propia culpa. Se hace necesaria una verdadera regulación estatal y autonómica que regule la atención a prestar en las residencias, que duda cabe. Pero esta debe ser fruto de una coordinación sociosanitaria real, no de un linchamiento público.

Carmelo Gómez Martínez

Presidente Sociedad Murciana de Enfermería Geriátrica y Gerontológica